La riqueza y su reparto (II)

Posted: 8 febrer, 2011 in Política

Uno de los principales rasgos de la economía actual es su movilidad. Los capitales circulan a gran velocidad en circuitos perfectamente visibles, como la bolsa, pero también en otros invisibles como los paraísos fiscales. Aproximadamente el 25% de la riqueza mundial se gestiona en centros offshore que escapan no sólo a fiscalidades más rigurosas, si no también al control político o ciudadano.

Gracias a estos circuitos ocultos y en un mundo cada vez más interconectado observamos cómo algunos de sus elementos, multinacionales y grandes fortunas, parece que desaparecen del escenario para reaparecer en otro lugar del planeta. La importancia que tienen estos actores es imprescindible para comprender que la libertad de los mercados no existe, si no más bien diferentres condiciones atendiendo al volumen económico que se maneja. Mientras que un ciudadano medio, especialmente si trabaja para el estado, tiene sus movimientos económicos monitorizados, grandes capitales aparecen y desaparecen como por arte de magia. La ingenieria financiera permite entonces que grandes capitales se sustraigan de cualquier control y se concreten en inversiones allá dónde parecen más provechosas.

Es en este punto cuando aparece el papel de naciones emergentes, cuyas legislaciones, sobre todo en materia impositiva y de condiciones salariales, resultan más atractivas. Desde una óptica puramente económica no se puede objetar la búsqueda de ese beneficio. Pero atendiendo a consideraciones éticas y legales el sistema deja mucho que desear.

Para empezar por que supone una degradación progresiva de las condiciones de vida de los escalafones más bajos de la producción. Precisamente la polarización de rentas de los últimos 30 años obedece a esta dinámica. Una dinámica que se retroalimenta, pues a medida que la riqueza se concentra en menos manos, las decisiones en materia económica quedan cada vez más lejos no ya del ciudadano, si no de los propios gobiernos, que como en el caso de España, se ven obligados a aceptar la hoja de ruta impuesta desde los inversores.

La deslocalización de empresas y los movimientos de capitales aparecen pues como elementos de presión política con la finalidad de obtener mejores condiciones para las élites económicas. Y esto a pesar de que la reciente burbuja crediticia dejó al descubierto el sinsentido de buena parte de la arquitectura financiera teóricamente diseñada para la creación de riqueza.

En realidad el problema reside en que la consecución de réditos económicos, sin tener en cuenta otras consideraciones, en muchas ocasiones convierte al sistema financiero en un gran casino con juegos piramidales que llevan a la nada. Perjudicando la parte productiva de la economía, a los ahorristas, etc. que proporciona capitales para este tipo de juegos especulativos.

De igual modo, las diferencias legislativas en materia fiscal obligan a los capitales a buscar lugares con mejores condiciones. De ahí la proliferación de centros offshore, amparados muchas veces por las grandes potencias, o mejor dicho por sus oligopolios económicos. Es decir, que mientras de cara a la galería se nos dice que son malos, de facto estos no dejan de crecer en importancia. Y en el que participan no sólo multinacionales, si no que es norma que las grandes entidades financieras, muchos dirigentes políticos y agentes de la economía ilegal como el narcotráfico o el tráfico de armas, operen e interaccionen de manera regular en estos limbos de la economía.

Por tanto, no se trata de imponer una libertad de mercados que no es tal, si no más bien de acotar que se puede o no se puede hacer.

Las tesis socialdemócratas acerca de la redistribución de la riqueza en realidad hoy son más necesarias que nunca. Sin medidas compensatorias, la dinámica económica empuja de manera asimétrica pero eficiente a una degradación total de las condiciones de vida del ciudadano. En apenas 30 años la concentración de capitales y el creciente peso de las multinacionales ya se perciben claramente como una amenaza directa a las democracias. Una empresa no es una democracia, y ni siquiera responde a un programa en el que se incluyan aspectos como el social o el medioambiental. Las pruebas asoman en cualquier rincón del planeta. El hecho de que estos entes estén de facto fuera de todo control político pone de manifiesto la debilidad de las democracias para implenetar regulaciones que garanticen a la larga el bienestar de sus ciudadanos.

El límite último de estas afirmaciones es que el ser humano es percibido desde la esfera económica como un productor, pero también como un consumidor. Como productor conviene reducir a la mínima expresión las obligaciones de la empresa hacia éste. Lo que en virtud de una guerra en la competitvidad nos lleva finalmente al estadio de la esclavitud como opción más rentable. Pero esto no es una teoría, a día de hoy ya existen esclavos en la producción. En España sin ir más lejos tenemos el ejemplo de los inmigrantes ilegales que trabajan en condiciones infrahumanas en la producción agrícola.

Por contraste, la otra vertiente del ciudadano es la de consumidor. Desde este punto de vista las empresas sí desean que el ciudadano posea una cierta capacidad adquisitiva, que revierta en beneficios en forma de compra o de inversión. Lo que ocurre es que en función de la competitividad, la gran empresa espera que sean otros los que proporcionen la riqueza al ciudadano, produciéndose así una espiral en la que inevitablemente el perjudicado en primera instancia es el propio ciudadano.

Precisamente otra de las ventajas que otorga el rango de gran capital o de multinacional es la capacidad de influir a través de lobbys o de medios de comunicación sobre gobiernos y ciudadanos. En su faceta más extrema está el apoyo de algunas multinacionales a muchas de las dictaduras que todavía existen en nuestro planeta. La capacidad de presión de estos entes es suficiente para disipar cualquier ilusión acerca de lo que significa libertad en los mercados. En realidad estos están controlados férreamente por un oligopolio que en estos momentos ha tomado un carácter transnacional.

La necesidad de cambiar las normas

Sin un replanteamiento de las reglas en el juego económico el proceso actual llevará a la destrucción de facto de las democracias. Que aunque ya están muy debilitadas todavía mantienen un cierto rango de maniobra. El problema es que la intoxicación cultural que padecen los dirigentes políticos les impide concebir algo mejor que el actual estado de cosas, cuando no se trata de colaboradores ideológicos de este.

La legitimidad del beneficio ha de tener límites. Unos límites que o bien van encaminados en democratizar las empresas, de manera que el ciudadano sea partícipe de las decisiones, o bien en el acotamiento del poder que una empresa o capitalista puede acumular. Y en una economía capitalista cuando se dice poder, se dice dinero. No hay otra.

Para empezar se debería desactivar a los centros offshore, que no sólo sirven para eludir fiscalidades, si no que además son la puerta de atrás para los capitales acumulados de forma fraudulenta e ilícita. Es importante dotar a la economía transnacional de transparencia absoluta, y de una fiscalidad propia, que elimine de un plumazo el juego basado en los desequilibrios legales.

La otra medida necesaria es la de mejorar los sistemas de redistribución de la riqueza. Esto no significa que nos vamos a empobrecer, si no que algunos privilegiados no lo van a ser tanto. En este sentido vuelvo a recordar el nefasto papel de las inversiones especulativas, que no crean riqueza, si no que en muchas ocasiones la destruyen. Pero estas medidas necesitan de un mínimo de acuerdo internacional. Algo que hoy me parece todavía una utopía, torpedeada además sistemáticamente por intereses particulares y locales.

A la luz de estas reflexiones se entenderá que opine que las relativamente inócuas medidas para mejorar la competitvidad signifiquen para mí una amenaza subyacente a la libertad y a la dignidad de los individuos. Máxime cuando presupone el que no se discuta en absoluto el modelo económico y social actuales.

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