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En estos tiempos de crisis, se ha puesto en duda la eficacia del modelo de bienestar europeo por no ser competitivo. En una economía globalizada, el ascenso de países que parten de condiciones muy competitivas, como China, India o Brasil, obliga a Europa a adoptar alguna estrategia que no la deje marginada en términos económicos.

En estos momentos la postura predominante es la neoliberal, que apuesta por una mejora de la productividad y la competitividad. Mejorar la productividad significa que cada hora de trabajo, el tiempo invertido en proporcionar un servicio o un producto, ha de redundar en un mayor beneficio. La competitividad atañe simplemente al coste para obtener dicho servicio o producto.

Para lo economistas liberales, la primera medida que viene a la cabeza es la reducción de los salarios, que redunda inmediatamente en una mejora de la competitvidad. Que en el fondo, es lo que más preocupa a las empresas en Europa. La argumentación es que se necesita un sacrificio primero para permitir disfrutar después de los réditos al desbancar a la competencia. Lo que ocurre es que Europa, acostumbrada a su alto nivel de vida, parece que está poco dispuesta a sacrificarse por tal finalidad.

Una de las fundamentales críticas neoliberales a la socialdemocracia es que el modelo de redistribución forzada de la riqueza, vía intrusión del estado en la esfera económica repercute negativamente en la consecución de los objetivos de competitividad y productividad. Se podría resumir en que lo que proponen las izquierdas es un “reparto de la pobreza”.

Siguiendo esta lógica, se propone una reducción del peso del estado en términos económicos. Es decir, adelgazarlo para que también se relaje la fiscalidad, atrayendo inversiones y estimulando la iniciativa privada. ¿Pero esto es exactamente así?

Habría que matizar muy mucho estas afirmaciones. Para empezar porque esta situación se debe a que en un mundo con diversas naciones pugnando por la riqueza, y en el que las relaciones son planetarias, se ha establecido una carrera para resituarse en ventaja frente a los demás en vistas a una futura salida de la crisis. Esta fue la apuesta de Alemania, cuando se adoptaron medidas de rigor presupuestario, de contención del gasto público y de la mejora de la competitividad reduciendo sueldos, y de la productividad, invirtiendo en I+D.

La cuestión es que evidentemente no todas las naciones, ni siquiera los lands alemanes son uniformes. Algunas naciones están del todo imposibilitadas para obtener resultados en esta dirección, simplemente por que no reunen los requisitos para ello. Las recetas neoliberales, de hecho, condenan a los más desfavorecidos a condiciones infrahumanas, ya que entre otras cosas permiten intercambios comerciales totalmente desventajosos para una de las partes. Frecuentemente con el apoyo de regímenes totalitarios que son subvencionados a tal fin.

El estallido de la crisis en 2008 puso de relieve que sin mecanismos de control la economía neoliberal trasciende cualquier lógica o ética, poniendo en peligro a la estructura en toda su extensión. Pero hay que tener en cuenta el papel de los estados en esta crisis, que en general favorecieron actividades fraudulentas y que a día de hoy siguen sin proponer un escenario de estabilidad a largo plazo.

La socialdemocracia frente al espejo

La debacle socialdemócrata en occidente hay que interpretarla desde su incapacidad de conjugar el estímulo económico al tiempo que la cohesión social. Es un dilema en el que se ha visto atrapada pues desde un punto de vista capitalista liberal la competitividad pasa necesariamente por la contracción salarial. El problema es generalizable a casi toda Europa, pero en España esta realidad tiene además un componente explosivo debido a una alarmante tasa de paro y de economía sumergida.

El PSOE está ahora mismo implantando medidas que se pueden equiparar a las de cualquier gobierno conservador del entorno. En este sentido, parece que se aceptan las tesis neoliberales sobre cómo afrontar los peligros de la crisis.

La crítica que hago yo a esta postura es que la contención salarial efectivamente mejorará la competitividad, pero que estructuralmente no significa ningún cambio substancial en lo que se refiere a la estabilidad económica a largo plazo. Algunos de los países avanzados que mejor están soportando la crisis lo han conseguido con medidas de este tipo, sí, pero también con una mejora de la productividad y de la innovación tecnológica. Campos en los que todavía pueden presentar batalla a la competencia. Pero que en todo caso la tónica es la de ir degradando las condiciones del ciudadano medio para no perder comba en esta frenética carrera que creo que no lleva a ninguna parte.

En el mercado internacional se producen numerosos intercambios en los que desde unas naciones se compran bienes y servicios a otras. Las diferencias competitivas entre unas y otras determina qué naciones tienen superavit y qué naciones tienen déficit. Por el momento, no se me ocurre cómo todas y cada una de las partes pueden tener superavit. A las naciones que tienen superavit se las puede en general englobar en un grupo que llamaremos de exportadores. Entre los que destacan China, Japón y Alemania. El caso norteamericano es diferente pues desde hace tiempo abandonó el superavit y se financia de otra manera, que en pocas palabras se podría definir imponiendo su masa económica e importancia política como condicionante en las relaciones internacionales.

La pugna de los grupos geopolíticos por la competitividad

Justamente, Estados Unidos, China y Europa son los polos geopolíticos de la nueva realidad económica. Por su volumen e importancia determinan el camino de toda la humanidad. Aunque el clima en general es relativamente bueno, no hay que olvidar que hay movimientos en cada bando para tratar de mantener o aumentar sus ventajas en el mundo. Pero de lo que no cabe duda de que ha sido el creciente papel de China el que está marcando la agenda económica. Precisamente a causa de su gran competitividad, basada en unas condiciones laborales que a día de hoy resultan intolerables para la mayoría de europeos. Ese es el modelo que se pretende combatir y en muchos casos tratando de emular, en especial en lo que atañe a la contención salarial. Dicho de otro modo, se pretende crear riqueza quitándosela a quien la tiene en una cierta medida. Lo que podríamos identificar como las clases medias occidentales.

A pesar de que he mencionado que naciones como Alemania, o Japón, apuestan por la innovación tecnológica como herramienta para mantener su atractivo, lo cierto es que poco a poco China va asumiendo cuotas de mercado que antiguamente estaban reservadas al resto de naciones avanzadas. En este sentido me pregunto, si a la larga, eso no significa que en occidente la carrera por la competitividad nos va a llevar a asumir las condiciones laborales de China. Y de si estas se podrán implementar pacíficamente o las resistencias generadas van a suponer un peligro real de desestabilización.

En todo caso me gustaría recalcar que el papel de exportadoras netas no puede ser asumido por todas las partes. Alguna ha de consumir más de lo que produce para que el sistema funcione. Esto es especialmente importante para con los polos económicos, ya que retirando el estímulo del consumo en todos ellos vía contención, la lógica me dice que eso significará una menor actividad y por tanto creciemiento tanto en el consumo como en la actividad.

Precisamente algunos economistas argumentan que la carrera por la competitividad puede llevar a una contracción global de la economía. Desde un punto de vista ecológico esto es totalmente deseable, y nadie debería asustarse si existiesen mecanismos compensatorios para prevenir que la contracción no perjudica en exceso a la población.

La falacia de la creación de riqueza

Pero lo cierto es que estos mecanismos son muy desiguales dependiendo de que nación estemos hablando. Es más, la necesidad de ser competitivos está en estos momentos reduciendolos en casi todo el planeta. Si bien es cierto que la actividad económica estimula la creación de productos y servicios para la población, la realidad es que estos solamente son disfrutados por una fracción de la misma. En este sentido no me tiembla la mano al afirmar que el sistema funciona, pero de forma injusta y nada equitativa.

Existe la concepción de que es el sector privado el que crea riqueza, idea que sustenta la argumentación para reducir la legislación económica y el papel de los estados. Pero los hechos creo que evidencian que esto es una falacia. Primera y fundamentalmente por que presupone que la actividad privada beneficia a todos. Lo que es una verdad a medias. La actividad privada en general beneficia a unos en detrimento de otros. Esto se ve claramente en cómo se interpreta el juego de la bolsa, en donde el objetivo único es el de la rentabilidad económica, siendo esta posible creando o no riqueza. El extremo de esta afirmación es la especulación, en el que una parte obtiene pingües beneficios sin aportar absolutamente nada a la creación de dicha riqueza, por ejemplo cuando existe una escasez de un bien concreto. Una circunstancia que más adelante señalaré como uno de los peligros reales para que el edificio capitalista se desmorone por completo.

Un ejemplo palmario es el de los planes de salud o de jubilación privados, que a día de hoy demuestran ser totalmente ineficientes, ya que el objetivo de las empresas que los gestionan no es el de dar un mejor servicio, si no de proporcionar réditos económicos a los gestores de dichos fondos. Es un contrasentido que nos explicó a la perfección Michael Moore en su documental Sicko (2007).  Precisamente y atendiendo a datos tan básicos como el de la esperanza de vida, veremos que es prácticamente idéntica en naciones tan dispares como E.E.U.U. y Cuba, mientras que el gasto sanitario por habitante del primero es exponencialmente mayor en el segundo.

¿Significa esto que en los E.E.U.U. se vive mejor? Contrastando otros datos vemos que aunque E.E.U.U. gasta el doble en sanidad que la mayoría de naciones de la OCDE resulta que en realidad hay razones objetivas para pensar que no, que todo lo contrario. Por lo tanto, las conclusiones a las que llego son que el sector privado genera beneficios, pero no necesariamente riqueza, y que desde luego, vivir en un entorno contaminado y estresante mata más aunque nos atiborremos a pastillas.

La falacia de la competitividad

Hace unos días leí en algún lugar la reflexión de un bloguero acerca del absurdo que resulta que en occidente el modelo capitalista que propugna la libre competencia como medio para opimizar bienes y servicios. Puso un ejemplo de cómo a lo que asistimos es a una concentración empresarial que nos lleva a retratos grotescos, como el que muchos compremos los mismos muebles en Ikea, bebamos Coca-Cola o compremos la ropa en Zara.

Por supuesto que en estas elecciones hay que valorar aspectos psicológicos como el estatus social así como la objetividad de los precios y calidad de productos. Pero esa no puede ser la unica explicación para que en el panorama actual la importancia de las multinacionales está empezando a ser cuando menos inquietante ya que apenas 200 empresas aglutinan el 26% del PIB del planeta… 200 empresas.

Como se puede intuir ha habido un crecimiento espectacular en el número de transnacionales que operan en el este asiático. Pero este crecimiento no solamente se debe a la propia iniciativa de China o Corea, si no que se observa una importantísima presencia de inversores extranjeros, principalmente de Europa y Estados Unidos. Dicho de otro modo, el dinero de las ganacias no se reinvierte en los países occidentales, si no que lógicamente buscan la rentabilidad que proporciona el mercado asiático. Es cierto que esto a permitido a China crecer y que ha mejorado la calidad de vida de sus ciudadanos. La pregunta que me hago es si este crecimiento espectacular se corresponde con la mejora real de la vida de un trabajador.

En la mente de todo empresario hay dos máximas o leyes a las que se subyugan el resto de consideraciones. Aumentar beneficios y reducir costes. La explosión de la economía asiática obedece en todo a estas afirmaciones. Y no puede pasar desapercibido para nadie que actualmente se están produciendo cambios en el seno de las grandes corporaciones en la búsqueda de mejores condiciones para su producción o su fiscalidad. Aspectos ambos que pasaré a examinar en el siguiente post.

 

Anuncis

Este es el título del que debería ser el libro de cabecera para comprender lo que ha acontecido estos últimos años en el que la burbuja financiera ha postrado a las democracias occidentales.

Por supuesto, es inevitable que tenga tintes políticos. No olvidemos que las repercusiones de la actividad financiera no se circunscriben a dígitos en una pantalla de plasma. Tiene efectos muy reales en las personas de carne y hueso. Tan reales como un terremoto o un tsunami.

Aquí les dejo esta obra de Juan Torres López, catedrático de economía.¿Por qué se cayó todo y no se ha hundido nada?

No importan los métodos, lo que importan son los resultados. Quizás el señor Friedrich Hayek y yo mismo estaríamos de acuerdo en este enunciado. Me explicaré. Según Hayek las personas espontáneamente hemos ido creando un orden, una economía, unas leyes, de manera más o menos inconsciente y sin saber muy bien hacía dónde se dirigía la comunidad humana en el proceso. Esta idea del orden espontáneo es la que vertebra su crítica a cualquier intento de forzar la dirección que toma un conjunto de personas, como puede ser una nación. Hayek, es conocido por su crítica feroz a los regímenes comunistas, máximo exponente de la planificación, del intento de forzar las cosas en una dirección.

En realidad y hasta aquí estamos bastante de acuerdo. Una de las razones fundamentales que se esgrimen contra tal sistema es que los planificadores difícilmente pueden conocer todas las necesidades de cada uno de los miembros de la sociedad que dirigen. En clave económica esto se traduce en que las economías planificadas están abocadas al fracaso debido a que no son sensibles a las demandas reales de la población. Por contra, las economías liberales se autorregulan, y responden mejor a las necesidades y expectativas del ciudadano…

Hayek, también es conocido por ser uno de los pilares del pensamiento neoliberal, en especial en lo que atañe a la economía. Claro está que al decir economía estamos de una manera u otra implicando muchos aspectos de la civilización humana. Su política, su cultura, su idiosincrasia. En los años treinta del siglo XX, mantuvo un memorable duelo dialéctico con John Maynard Keynes, precisamente acerca de la necesidad de la intervención del estado en los asuntos económicos. En aquellos momentos se entendió que Keynes andaba más acertado y sus recetas se aplicaron para mitigar los efectos de la “Gran depresión”. Pero dejemos a Keynes, del que quizás escribiré otro día. Ya que más acuciante es analizar que ha sucedido los últimos años, en los que las tesis de Hayek se han impuesto. Especialmente en las naciones anglosajonas y que ha tenido en los neocon (por neoconservadores) sus más adelantados defensores.

Después de ochenta años de la Gran depresión, el mundo ha vuelto a resfriarse a causa de una serie de burbujas que se podrían englobar en una gran burbuja crediticia. La consigna de este periodo ha sido, y sigue siendo, un laissez faire en lo que a la economía se refiere. Con esto no pretendo decir que los gobiernos se hayan inhibido de regular el mercado. Pero la archiconocida globalización no habría sido posible de no haberse acordado una cierta relajación de las normas. Permitiendo una interconexión a nivel planetario de los mercados, en parte gracias a la red que también ha posibilitado que usted lea estas líneas.

Una vez consumado el estallido de la burbuja en 2008, ha vuelto a ponerse encima de la mesa la cuestión de cómo deben de funcionar los mercados. Hayek estaba en lo cierto al decir que sin intervención estatal la economía encuentra su camino. Yo no conozco a fondo las teorías económicas de la llamada Escuela austríaca, pero sé lo suficiente para entender que con menores regulaciones se facilita la fluctuación de bienes y capitales. Y no menos importante, que el valor de las cosas es subjetivo, es decir, que está sujeto a múltiples factores muy cercanos al individuo, lo que dificulta, si no imposibilita, que desde un actor externo se trate de anticipar o imponer una regla o un precio al desconocer este el valor real de tal bien.

En realidad no está mal la idea, si no fuese porque estamos en un mundo real con personas reales. Del mismo mal que murió el comunismo, morirá el capitalismo. Ciertamente parece que las sociedades dirigidas no han funcionado hasta ahora. Pero, ¿y ahora?

La crisis del 2008 ha sido la puntilla, simplemente para hacer saltar un resorte en mí y plantearme cómo deberían ser las cosas para una sociedad mejor. Por ejemplo y acerca del comunismo, Hayek dijo que el marxismo fue un intento con buenas intenciones, de raíces hondamente cristianas, en una sincera preocupación por el bienestar de los obreros que impulsó a Karl Marx a tratar de crear un proyecto, una hoja de ruta, que liberaría a sus congéneres del yugo capitalista. Pero un proyecto que llevaba en su simiente la génesis del fracaso. Ya he explicado que según Hayek las sociedades dirigidas no se desarrollan adecuadamente porque castran la libertad y supongo que extendería el asunto hasta la propia felicidad del individuo…

Es importante señalar aquí la aportación del pensador Karl Popper, en especial en su obra más conocida La sociedad abierta y sus enemigos. En esta obra escrita en plena 2ª Guerra Mundial, crea una división que puede arrojar bastante luz acerca del tema que nos ocupa. Popper y Hayek coincidían en algunos puntos y parece ser que de hecho se influenciaron mutuamente… Pero volvamos a nuestra división. Popper sostenía que a lo largo de la historia han existido básicamente dos maneras de enfrentar la realidad. Una visión representada por pensadores como Parménides o Sócrates y otra defendida por Aristóteles y otros. ¿Y en qué se diferencian? Pues quizás pecando de simplista lo resumiré en que mientras unos aceptan la falibilidad humana (hasta el extremo en que Sócrates afirma no saber nada), los otros creen competente al ser humano para llegar a un conocimiento espistemológico. Esto aunque parece que nos aleja del tema, en realidad nos lleva al meollo de la cuestión. Ya que siguiendo la lógica del razonamiento acerca de lo afirmado por estos últimos, podemos entender como Platón se atrevió a diseñar una sociedad perfecta, la Polis platónica. Para un pensador como Popper, intentos de ese tipo son precisamente los más nocivos, ya que al establecerse algo como verdadero puede también ser inmutable… de ahí al pensamiento único hay sólo un paso. Precisamente, Platón, Hegel o Marx son los tipos que resultan peligrosos. Pues aunque trataran de proporcionar al mundo un modelo justo, en realidad su soberbia lo que propone es el camino a una dictadura.

Y no me cabe duda, que este canto a la libertad es el guante que recoge Hayek y emplea en su teoría económica…  Y esta teoría es la que sustenta las tesis neocon acerca de lo que debe ser la economía, que en un mundo capitalista y globalmente interconectado equivale a enunciar cual ha de ser la manera en que este afronta este siglo entrante. Llegados a este punto, es dónde yo, a pesar de estar de acuerdo con muchas de las cosas que he expuesto anteriormente planto mi bandera y digo: no pasarán.

Para complementar mi postura debería referirme aquí al solipsismo anarquista de Max Stirner. Stirner, afirmaba que lo único que existe de verdad es uno mismo, como referencia a todo lo demás. En todo caso, las leyes, la moral, las clases sociales… todas esas cosas a las que tanto alude por ejemplo Marx, son invenciones humanas y en realidad no existen. Sólo existe el yo y sus decisiones… Bien, este “yo” frente al mundo, viene a ser el mismo “yo” de Popper o de Hayek. En este sentido hemos de entender el gran atractivo que para muchos liberales, como algunos miembros del Tea party, tienen estas ideas. El problema es que en realidad me parece que muy pocas personas se han planteado dichas ideas en toda su dimensión, o mejor dicho, se han planteado seriamente hacerlas extensivas al resto de la humanidad a parte de mi “yo” y acaso añadiría “los míos”.

El neoliberalismo, los neocon y muchos otros de la misma ralea se llenan la boca citando a Hayek entre otros. ¿Pero en realidad es sincera esa oda a la libertad? En mi modesta opinión, en absoluto. El Laissez-faire no ha hecho un mundo mejor, ni más justo. Ha permitido que unos pisoteen a otros, quizás no directamente, pero sí se ha permitido que otros lo hagan en provecho propio. Me refiero a colonialismo económico, que ahora mismo está devastando medio planeta, en favor del otro medio. ¿Alguien aduciría que las no-normas del mercado libre sirven de algo en este caso? Me pregunto si la invasión de Iraq propiciada por un neocon consumado como Bush, a la búsqueda del petróleo como todo el mundo sabe, se corresponde con una acción de libre mercado, o si quiera de respeto a la propiedad privada.

En realidad, tal como sentencié anteriormente, el capitalismo ha de morir de lo mismo que el comunismo. La causa son las propias personas. Del mismo modo que se puede defender un orden espontáneo, yo deduzco un egoísmo, en el sentido peyorativo del término, latente, genético. Si Marx viviera en nuestros días, estoy seguro de que tendría esto muy en cuenta y El Capital tendría un aspecto muy diferente. Precisamente con el triunfo del solipsismo moral, ya libres de ataduras como la religión o la ética marxista se ha engendrado un hornada de humanos que ya parecen no necesitar prácticamente de coartadas moralistas para sus fechorías. Aquí en España, desde dónde escribo, podemos encontrar un ejemplo patente en cómo se desenvuelven muchos políticos conservadores englobados en el Partido Popular, muchos de los cuales afirman ser defensores del liberalismo y de las tesis de Hayek.

También debo apostillar aquí que en realidad se me hace un poco difícil deglutir el hecho de que los mismos defensores de la libertad creen lobbies para influenciar y hasta controlar gobiernos. Es para mí tan paradójico como el hecho de que se pregone que existe igualdad de oportunidades en el mercado libre, mientras se usan estos resortes de poder o se mantienen fórmulas de propiedad privada tan antiliberales como la herencia.

Este laissez-faire, en realidad y aplicado a la humanidad adquiere tintes dramáticos. Se podría mencionar la superpoblación, el agotamiento de recursos, la contaminación, el cambio climático… Realidades que a mi entender cuestionan la conveniencia de continuar por este camino.

El pensamiento de izquierdas, la izquierda hegeliana, el marxismo, incluso parte del anarquismo parecen haber perdido fuelle las últimas décadas. El derrumbe del bloque socialista pareció indicar el fin de los modelos perfectos, de los proyectos de una sociedad más justa más allá de las democracias occidentales. Efectivamente. colegio con Churchill cuando dijo que las democracias son el menos malo de los regímenes… pero en estos momentos en los que se empiezan a ver grietas en todo el edificio de esta cosa que es la civilización humana, me pregunto si estas democracias y su laissez-faire económico son suficiente respuesta ante lo que quizás, y digo sólo quizás, convendría hacer o dejar de hacer. Tema que me propongo tratar en otro post.

No, las tesis de Hayek han fracasado, porque nunca se han dado las circunstancias en las que estas podrían funcionar. Y no estoy seguro, pero quizás Popper esto lo percibió en su momento, y quizás por esto mismo desconfió de la libertad de los mercados.