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En Roma, el poder político estaba asociado a la casta de los patricios. Que en el proceso de devenir un imperio, entró en el negocio del comercio internacional.

En la Edad Media el poder político llevaba aparejado un control de las tierras de cultivo, por tanto económico también. Y en aquellas área más burguesas, por un consejo de notables, que normalmente eran los más pudientes.

En el absolutismo, las grandes empresas solían ser patronazgo real. Precisamente en esta época vemos lo que la empresa es capaz de hacer sin regulaciones, como el tráfico de esclavos.

En el colonialismo más de lo mismo, creando normas ex profeso para mantener privilegios a una parte de la sociedad, incluyendo las compañías comerciales amparadas por la corona.

Nunca, nunca, el poder político ha estado desligado del económico. Ni siquiera cuando la usura estaba prohibida.

Se podrá discutir la idoneidad de un modelo u otro. Pero de entrada hay que tener claro que cualquier diferencia de rentas que exceda cierta proporción (en Suecia suele ser de 1 a 7, en España de 1 a 200), tiene como consecuencia un poder político, aunque este no esté respaldado por cargo público alguno. Y a la inversa, un poder político siempre tiene su traducción económica. Y esto es especialmente cierto en nuestros días, en los que la monetización de la economía permite hacer muchas más cosas con dinero que, pongamos por ejemplo, en tiempos de los mayas, con todo su oro.

Colegio con que la aplicación de “eso” que llaman socialismo no ha servido para demostrar nada más que hay que andar con cuidado con las atribuciones que se arroga el aparato estatal. Pero eso no debe hacernos perder de vista que la finalidad última de la vida no es crear riqueza, si no vivirla. Del mismo modo el estado no ha de ser entendido como un agente económico cuya perentoria necesidad de superávit lo equipare a cualquier empresa privada. Como tampoco hay que creerse que la libre concurrencia da como resultado el mejor servicio al consumidor. Un ejemplo, la sanidad yanqui, en la que colisionan los intereses encontrados de empresas y consumidores.

Es difícil encontrar una ecuación que favorezca el desarrollo de iniciativas individuales y colectivas, al tiempo que se garantizan unos derechos mínimos. Un ejemplo de las contradicciones de nuestro sistema capitalista es el energúmeno legal llamado ACTA (http://es.wikipedia.org/wiki/Anti-Counterfeiting_Trade_Agreement). Puesto que desde una óptica liberal es una herramienta intrusiva en la vida privada de las personas y un intento de proteger intereses corporativos.

Resumiendo, el problema no es tanto ideológico como el de la realidad factual. El socialismo ha llegado a nuestros días como una sombra de lo que pudo haber sido. Se puede discutir acerca de si tratar de establecer un modelo de sociedad es perjudicial, tal como intentaron las izquierdas hegelianas. Pero no se puede pretender quitarle una pata a una mesa sin proponer otro sustento. De lo que estoy convencido es de que cualquier propósito para mejorar la vida del ciudadano es una cuestión política. En este sentido, sería deseable que las empresas se implicaran a fondo ampliado su cómputo de inputs al mero ejercicio contable. Incluyendo el bienestar de sus miembros así como los efectos de su actividad en el medio ambiente. Esto supondría una revolución no sólo económica, también social. Pero como de momento esto no tiene visos de suceder, es necesario establecer un marco legal, a veces coercitivo, que impida que se oprima a los individuos.

Es aquí dónde el socialismo hace acto de presencia, aunque haya fracasado estrepitosamente. El ejemplo más esperpéntico es China, que suma lo peor del capitalismo feroz y de la dictadura política. ¿Es éste el modelo a seguir? No, y mil veces no. En todo caso, es en el campo de la política, del estado, dónde se ha de empezar a hacer limpieza. Un estado corrupto como España no garantiza esa ecuanimidad, ni si quiera la libre competencia. Es una cuestión de madurez ética, de principios. Sin ellos no hay fórmula que valga y alguien ha de asumir ese rol. Si no lo hace la empresa, lo tendrá que hacer el estado, y si el estado tampoco lo hace… entonces pasa lo que pasa en Túnez.

No importan los métodos, lo que importan son los resultados. Quizás el señor Friedrich Hayek y yo mismo estaríamos de acuerdo en este enunciado. Me explicaré. Según Hayek las personas espontáneamente hemos ido creando un orden, una economía, unas leyes, de manera más o menos inconsciente y sin saber muy bien hacía dónde se dirigía la comunidad humana en el proceso. Esta idea del orden espontáneo es la que vertebra su crítica a cualquier intento de forzar la dirección que toma un conjunto de personas, como puede ser una nación. Hayek, es conocido por su crítica feroz a los regímenes comunistas, máximo exponente de la planificación, del intento de forzar las cosas en una dirección.

En realidad y hasta aquí estamos bastante de acuerdo. Una de las razones fundamentales que se esgrimen contra tal sistema es que los planificadores difícilmente pueden conocer todas las necesidades de cada uno de los miembros de la sociedad que dirigen. En clave económica esto se traduce en que las economías planificadas están abocadas al fracaso debido a que no son sensibles a las demandas reales de la población. Por contra, las economías liberales se autorregulan, y responden mejor a las necesidades y expectativas del ciudadano…

Hayek, también es conocido por ser uno de los pilares del pensamiento neoliberal, en especial en lo que atañe a la economía. Claro está que al decir economía estamos de una manera u otra implicando muchos aspectos de la civilización humana. Su política, su cultura, su idiosincrasia. En los años treinta del siglo XX, mantuvo un memorable duelo dialéctico con John Maynard Keynes, precisamente acerca de la necesidad de la intervención del estado en los asuntos económicos. En aquellos momentos se entendió que Keynes andaba más acertado y sus recetas se aplicaron para mitigar los efectos de la “Gran depresión”. Pero dejemos a Keynes, del que quizás escribiré otro día. Ya que más acuciante es analizar que ha sucedido los últimos años, en los que las tesis de Hayek se han impuesto. Especialmente en las naciones anglosajonas y que ha tenido en los neocon (por neoconservadores) sus más adelantados defensores.

Después de ochenta años de la Gran depresión, el mundo ha vuelto a resfriarse a causa de una serie de burbujas que se podrían englobar en una gran burbuja crediticia. La consigna de este periodo ha sido, y sigue siendo, un laissez faire en lo que a la economía se refiere. Con esto no pretendo decir que los gobiernos se hayan inhibido de regular el mercado. Pero la archiconocida globalización no habría sido posible de no haberse acordado una cierta relajación de las normas. Permitiendo una interconexión a nivel planetario de los mercados, en parte gracias a la red que también ha posibilitado que usted lea estas líneas.

Una vez consumado el estallido de la burbuja en 2008, ha vuelto a ponerse encima de la mesa la cuestión de cómo deben de funcionar los mercados. Hayek estaba en lo cierto al decir que sin intervención estatal la economía encuentra su camino. Yo no conozco a fondo las teorías económicas de la llamada Escuela austríaca, pero sé lo suficiente para entender que con menores regulaciones se facilita la fluctuación de bienes y capitales. Y no menos importante, que el valor de las cosas es subjetivo, es decir, que está sujeto a múltiples factores muy cercanos al individuo, lo que dificulta, si no imposibilita, que desde un actor externo se trate de anticipar o imponer una regla o un precio al desconocer este el valor real de tal bien.

En realidad no está mal la idea, si no fuese porque estamos en un mundo real con personas reales. Del mismo mal que murió el comunismo, morirá el capitalismo. Ciertamente parece que las sociedades dirigidas no han funcionado hasta ahora. Pero, ¿y ahora?

La crisis del 2008 ha sido la puntilla, simplemente para hacer saltar un resorte en mí y plantearme cómo deberían ser las cosas para una sociedad mejor. Por ejemplo y acerca del comunismo, Hayek dijo que el marxismo fue un intento con buenas intenciones, de raíces hondamente cristianas, en una sincera preocupación por el bienestar de los obreros que impulsó a Karl Marx a tratar de crear un proyecto, una hoja de ruta, que liberaría a sus congéneres del yugo capitalista. Pero un proyecto que llevaba en su simiente la génesis del fracaso. Ya he explicado que según Hayek las sociedades dirigidas no se desarrollan adecuadamente porque castran la libertad y supongo que extendería el asunto hasta la propia felicidad del individuo…

Es importante señalar aquí la aportación del pensador Karl Popper, en especial en su obra más conocida La sociedad abierta y sus enemigos. En esta obra escrita en plena 2ª Guerra Mundial, crea una división que puede arrojar bastante luz acerca del tema que nos ocupa. Popper y Hayek coincidían en algunos puntos y parece ser que de hecho se influenciaron mutuamente… Pero volvamos a nuestra división. Popper sostenía que a lo largo de la historia han existido básicamente dos maneras de enfrentar la realidad. Una visión representada por pensadores como Parménides o Sócrates y otra defendida por Aristóteles y otros. ¿Y en qué se diferencian? Pues quizás pecando de simplista lo resumiré en que mientras unos aceptan la falibilidad humana (hasta el extremo en que Sócrates afirma no saber nada), los otros creen competente al ser humano para llegar a un conocimiento espistemológico. Esto aunque parece que nos aleja del tema, en realidad nos lleva al meollo de la cuestión. Ya que siguiendo la lógica del razonamiento acerca de lo afirmado por estos últimos, podemos entender como Platón se atrevió a diseñar una sociedad perfecta, la Polis platónica. Para un pensador como Popper, intentos de ese tipo son precisamente los más nocivos, ya que al establecerse algo como verdadero puede también ser inmutable… de ahí al pensamiento único hay sólo un paso. Precisamente, Platón, Hegel o Marx son los tipos que resultan peligrosos. Pues aunque trataran de proporcionar al mundo un modelo justo, en realidad su soberbia lo que propone es el camino a una dictadura.

Y no me cabe duda, que este canto a la libertad es el guante que recoge Hayek y emplea en su teoría económica…  Y esta teoría es la que sustenta las tesis neocon acerca de lo que debe ser la economía, que en un mundo capitalista y globalmente interconectado equivale a enunciar cual ha de ser la manera en que este afronta este siglo entrante. Llegados a este punto, es dónde yo, a pesar de estar de acuerdo con muchas de las cosas que he expuesto anteriormente planto mi bandera y digo: no pasarán.

Para complementar mi postura debería referirme aquí al solipsismo anarquista de Max Stirner. Stirner, afirmaba que lo único que existe de verdad es uno mismo, como referencia a todo lo demás. En todo caso, las leyes, la moral, las clases sociales… todas esas cosas a las que tanto alude por ejemplo Marx, son invenciones humanas y en realidad no existen. Sólo existe el yo y sus decisiones… Bien, este “yo” frente al mundo, viene a ser el mismo “yo” de Popper o de Hayek. En este sentido hemos de entender el gran atractivo que para muchos liberales, como algunos miembros del Tea party, tienen estas ideas. El problema es que en realidad me parece que muy pocas personas se han planteado dichas ideas en toda su dimensión, o mejor dicho, se han planteado seriamente hacerlas extensivas al resto de la humanidad a parte de mi “yo” y acaso añadiría “los míos”.

El neoliberalismo, los neocon y muchos otros de la misma ralea se llenan la boca citando a Hayek entre otros. ¿Pero en realidad es sincera esa oda a la libertad? En mi modesta opinión, en absoluto. El Laissez-faire no ha hecho un mundo mejor, ni más justo. Ha permitido que unos pisoteen a otros, quizás no directamente, pero sí se ha permitido que otros lo hagan en provecho propio. Me refiero a colonialismo económico, que ahora mismo está devastando medio planeta, en favor del otro medio. ¿Alguien aduciría que las no-normas del mercado libre sirven de algo en este caso? Me pregunto si la invasión de Iraq propiciada por un neocon consumado como Bush, a la búsqueda del petróleo como todo el mundo sabe, se corresponde con una acción de libre mercado, o si quiera de respeto a la propiedad privada.

En realidad, tal como sentencié anteriormente, el capitalismo ha de morir de lo mismo que el comunismo. La causa son las propias personas. Del mismo modo que se puede defender un orden espontáneo, yo deduzco un egoísmo, en el sentido peyorativo del término, latente, genético. Si Marx viviera en nuestros días, estoy seguro de que tendría esto muy en cuenta y El Capital tendría un aspecto muy diferente. Precisamente con el triunfo del solipsismo moral, ya libres de ataduras como la religión o la ética marxista se ha engendrado un hornada de humanos que ya parecen no necesitar prácticamente de coartadas moralistas para sus fechorías. Aquí en España, desde dónde escribo, podemos encontrar un ejemplo patente en cómo se desenvuelven muchos políticos conservadores englobados en el Partido Popular, muchos de los cuales afirman ser defensores del liberalismo y de las tesis de Hayek.

También debo apostillar aquí que en realidad se me hace un poco difícil deglutir el hecho de que los mismos defensores de la libertad creen lobbies para influenciar y hasta controlar gobiernos. Es para mí tan paradójico como el hecho de que se pregone que existe igualdad de oportunidades en el mercado libre, mientras se usan estos resortes de poder o se mantienen fórmulas de propiedad privada tan antiliberales como la herencia.

Este laissez-faire, en realidad y aplicado a la humanidad adquiere tintes dramáticos. Se podría mencionar la superpoblación, el agotamiento de recursos, la contaminación, el cambio climático… Realidades que a mi entender cuestionan la conveniencia de continuar por este camino.

El pensamiento de izquierdas, la izquierda hegeliana, el marxismo, incluso parte del anarquismo parecen haber perdido fuelle las últimas décadas. El derrumbe del bloque socialista pareció indicar el fin de los modelos perfectos, de los proyectos de una sociedad más justa más allá de las democracias occidentales. Efectivamente. colegio con Churchill cuando dijo que las democracias son el menos malo de los regímenes… pero en estos momentos en los que se empiezan a ver grietas en todo el edificio de esta cosa que es la civilización humana, me pregunto si estas democracias y su laissez-faire económico son suficiente respuesta ante lo que quizás, y digo sólo quizás, convendría hacer o dejar de hacer. Tema que me propongo tratar en otro post.

No, las tesis de Hayek han fracasado, porque nunca se han dado las circunstancias en las que estas podrían funcionar. Y no estoy seguro, pero quizás Popper esto lo percibió en su momento, y quizás por esto mismo desconfió de la libertad de los mercados.