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Fuente: El País

“Primero te ignoran. Luego se ríen de ti. Después te atacan. Entonces ganas”. Mahatma Gandhi.

Esta es una de las frases que están incendiando la red, especialmente Twitter, y que refleja el sentir de mucha gente que asiste entre perpleja e indignada a la importante divergencia entre las interpretaciones de lo que está aconteciendo en la calle. Es decir, entre la crítica a toda costa de lo que huela a antisistema y el apoyo que desde el propio Internet se le da a los indignados.

Huelga decir que nadie coherentemente está de acuerdo con las agresiones de ningún tipo. Pero hasta la fecha de hoy apenas puedo contar algunas salidas de tono puntuales, como acosar a Ruiz Gallardón (por cierto que por desconocidos y por razones que no me quedan muy claras) o pintarle la nuca a un conseller. En general, pero, las manifestaciones de descontento están siendo modélicas, especialmente teniendo en cuenta las circunstancias. Unas circunstancias que no van a mejorar, si no a empeorar por que así lo han querido políticos y banqueros.

Cuando ya en Alemania se habla abiertamente de que la crisis de deuda europea no tiene solución, en referencia a la evolución de las economías de los PIIGS, es que la cosa es grave. Lo divertido del caso, tristemente, es que mientras hubo bonanza no se tomaron medidas de austeridad en previsión de vacas flacas. Ahora que estas han llegado, resulta que se quiere imponer inútilmente esta austeridad que no beneficia a nadie más que a unos pocos. ¿Tan ineptos son los gobiernos y las instituciones económicas?

No entiendo por qué hay quién se pregunta todavía el porqué de la gente protestando en la calle. El fracaso de toda una generación de economistas y políticos es apabullante, y estos, lejos de tratar de enmendarse, sólo atinan a emplear los resortes del poder para tratar de acabar con la incipiente revolución en Europa. Hay muchos que acusan a los manifestantes de abusar de las libertades, de gritar y no dialogar. Pero la realidad es que no ofrecen ni siquiera un atisbo de complicidad o de confianza a los que están sufriendo injustamente en sus carnes los efectos de su ineptitud, cuando no de su mala fe. Algunos se han atrevido a adjetivar a los que protestan como hijos malcriados de la abundancia. Y ciertamente hasta ahora hemos tenido abundancia, pero no precisamente de valores, ni de justicia, ni de futuro.

Se tacha a los antisistema de totalitarios por que tratan de imponer sus condiciones a golpe de protesta, que la mayoría de ciudadanos, de españoles, han votado por otras salidas. Pero yo me pregunto si no estamos ante el error de muchos, que malinterpretan la realidad de las cosas por que son incapaces de mover su perspectiva. Por que dan por sentado que las opciones que se les presentan desde partidos y élites económicas son las más fiables. ¿Tan fiables cómo para que estemos, ahora y aquí, así?

Hurtando las perspectivas de un futuro mejor a los ciudadanos, los poderes están cavando la fosa de las instituciones a las que dicen servir y defender. Evidentemente que son malos tiempos, pero eso lo puede decir quién lo padece en sus carnes, no ellos. De la misma manera que no se le pueden exigir sacrificios a quién nada tiene a cambio de nada. Esto es la causa principal de la revolución francesa de 1789 y es lo que están cultivando las políticas neo liberales, el caos. No señalen a los manifestantes si no a quienes detentan las responsabilidades como causa de este caos.

Que en Grecia, en Italia, pero también en China, la gente salga a la calle quiere decir que hay un error en el sistema, y el sistema se empeña en hacernos creer que no.

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El gobernador de Wisconsin, Scott Walker

En Estados Unidos parece que algo se mueve y desde hace cuatro semanas han empezado unas protestas en el estado de Wisconsin a raíz de los planes del gobernador, Scott Walker, de eliminar en la práctica el poder de los sindicatos de empleados públicos. Entre otras medidas propone la supresión de la negociación colectiva o ciertas ventajas como seguros médicos. Un relato de lo acaecido aquí.

En estas semanas, las protestas han ido in crescendo, y ahora mismo han centrado la atención de los medios norteamericanos, polarizándose las posiciones básicamente entre los pro-Walker y los anti-Walker. Las medidas que promueve el gobernador van encaminadas a reducir el déficit del estado, afectado por la crisis económica. Pero estas medidas contrastan con otras que reducen notablemente los ingresos al condonar pagos a grandes empresas tal y como apunta este excelente análisis.

Así, republicanos y conservadores del Tea Party apoyan al gobernador, advirtiendo de la importancia de esta batalla en la que se materializa la tesis neoliberal de que hay que reducir el peso del estado. Mientras que los demócratas apoyan las protestas arguyendo que hay otras maneras de reducir el déficit. En el fondo, me parece a mí, que se ejemplifica como nunca la pugna de clases por mantener su statu quo. Ríanse si quieren, pero estas protestas ya se están contagiando a otros estados. Así que en realidad esto no acaba más que empezar.

Mi crítica a proyectos de ley como este es que no van acompañados de sincera preocupación por el bienestar de los ciudadanos. Efectivamente hay alternativas, que no son fáciles, pero que tarde o temprano habrá que tomar, si de verdad se quiere una democracia saneada. Aumentar la carga impositiva sobre las rentas más bajas, recortarles servicios tan vitales como la sanidad o la educación, son retrocesos de la civilización sin apelación posible. En este sentido el programa liberal convierte al mundo en poco más que un negocio, chantajeando por doquier con deslocalizaciones, empleando el dinero para financiar voces sin autoridad moral, tratando de eliminar resistencias como el sindicalismo. Es la mejor receta para conducirnos a una desestabilización como la que se vive en las naciones árabes.

Por supuesto que no me gusta el hecho de que un empleado público disfrute de privilegios que el empleado en el sector privado no tiene. Pero esta lógica de las tijeras nos lleva al paradigma chino. En el que la falta de libertad, así como una política económica liberal, combinadas, han permitido que los grandes negocios prosperen en detrimento de sus feudos en las naciones occidentales. Así que en realidad ese es el futuro que nos espera, si se permite que personas como el gobernador Walker dobleguen las voces que no están contentas con el cambio.

Lo cierto es que el PIB mundial está en estos momentos creciendo. Eso quiere decir que en realidad hay más riqueza hoy que ayer. Pero hay una obstinada resolución por parte de los reaccionarios de hacernos pagar a los ciudadanos por los errores que cometieron algunos. Una cerrazón a admitir que el liberalismo ha fracasado en sus intentos de mostrar como benigno el laissez faire en los aspectos más importantes de los servicios a los ciudadanos: sanidad, educación, vivienda, información, energía. Por que la consecuencia final de facto es la concentración empresarial en oligopolios, que son el talón de Aquiles de nuestras democracias, a las que socavan constantemente con sus insidias. Ayudadas por administraciones corruptas, que en el caso español, no dudan en contravenir a sus ciudadanos con el fin de mantener privilegios y de obtener beneficios a cambio.

No me parece mal que se apele a un consumo responsable. Pero sí que me parece irresponsable pedir que los ciudadanos se aprieten más el cinturón mientras unos cuantos viven a cuerpo de rey gracias a ello. Así se harán negocios, se sanearán cuentas, pero así también se plantan las semillas para un cambio en nuestras democracias.

España sigue batiendo récords de paro en Europa. 4,3 millones de desempleados arroja el mes de febrero. Una cifra que dice el gobierno que crece más despacio, pero que sin embargo no deja de crecer.

Por más que se reducen prestaciones sociales y derechos las cifras presentan una resistencia contumaz a los positivos. Los únicos que parecen disfrutar de esos positivos son grandes empresas, como las entidades bancarias, que presentan espléndidos números de beneficios y de dividendos para sus cúpulas. Aunque yo pongo en duda esas cifras, que como en tiempos pasados, puede que no sea más que maquillaje para ocultar la sífilis.

Llega un punto en el que uno ya no sabe si merece la pena seguir el rastro de este via crucis de la política económica, vaya, la política, que parece que es incapaz de enderezar la situación. Las contradicciones entre la teoría y la praxis en el campo específico de la macroeconomía, pero también en nuestro día a día ponen en entredicho, al menos para mí, la autoridad del poder público y de los poderes económicos.

El ejemplo más patente es que los economistas andan a la greña acerca de si es conveniente la política de recortes. En un grupo podríamos encuadrar a los neokeynesianos. Piden manga ancha para endeudarse para engrasar la economía. Aquí el estado tiene un papel importante, de manera que con un Plan E, pero en mayúsculas, se podría poner en marcha la adormecida economía española. En otro están los monetaristas neoliberales, que siguen los postulados de Milton Friedman. Piden precisamente lo contrario. El estado debe menguar su papel, especialmente como regulador del interés del dinero mediante los bancos centrales. También abogan por las medidas de austeridad que estamos padeciendo actualmente.

Las preguntas que me asaltan son para cada una de las partes. A los keynesianos les preguntaría si se puede permitir un endeudamiento ilimitado. España no tiene una deuda pública muy abultada. Pero a la vista de las maniobras del sector privado, especialmente del financiero, me pregunto como de fea debe de ser la deuda privada que con planes como el reflote de las cajas se ponga en duda la capacidad de absorber esa deuda. Y no hablemos de los EEUU, dónde parece que le han pillado el gusto a eso de endeudarse hasta las cejas. Da igual que manden republicanos o demócratas. Un repaso a los años recientes convence a cualquiera que en realidad allí se ha hecho cualquier cosa menos contención o racionalización.

A los monetaristas les preguntaría cómo se puede esperar a la creación de empleo si con sus medidas lo primero que pasa es que se deprime aún más la economía. Especialmente ante un panorama de estaflación como el actual. Dónde estaban cuando se rescató a los bancos. Cuando es bien sabido que una de las reglas del liberalismo es no ayudar a los procesos ineficientes. Vaya, si evaporar los ahorros de millones de inversionistas no es ineficiente, que venga el santo que usted prefiera y lo vea.

Entre unos y otros, y la casa sin barrer. Alguien ha escrito en la red (siento no tener el link) que lo de crear un banco malo con los valores tóxicos de la banca estaría bien, a condición de que se enviase allí también a los directivos tóxicos. En fin, ese banco tendría más directivos que soldados rasos. Siento la conspiranoia en la nuca. Me da la impresión de que en realidad lo que hay es miedo a los cambios drásticos. A una desestabilización social. Y muy especialmente, hay miedo de perder prerrogativas para quienes ahora mismo las detentan. Como en el Titanic, los de primera clase han ocupado las chalupas, y desde esa seguridad dan instrucciones a los de tercera, nosotros, sobre como gobernar la nave mientras se hunde.

Las medidas neoliberales quizás sí que salven a algunas empresas. Pero si examinamos el conjunto de la sociedad vemos que esas bondades no llegarán necesariamente a la tercera clase. Es decir, que los buenos datos macroeconómicos no tienen por qué reflejarse en una mejoría de las economías domésticas.

En este estupendo artículo Paul Krugman entre otras cosas dice esto: En la reseña de 1965 sobre Monetary history, de Friedman y Schwartz, el fallecido premio Nobel James Tobin acusaba levemente a los autores de ir demasiado lejos. “Considérense las siguientes tres proposiciones”, escribía. “El dinero no importa. Sí que importa. El dinero es lo único que importa. Es demasiado fácil deslizarse de la segunda proposición a la tercera”. Y añadía que “en su celo y euforia”, eso es lo que muy a menudo hacían Friedman y sus seguidores.

Efectivamente, si el dinero es lo único que importa yo no me haría muchas ilusiones si usted es un parado de veinte o de cincuenta años. Por que en realidad para los abanderados del neoliberalismo usted no importa. La cosa cambiaría, claro está, si tuviese dinero. Pero por el dinero en sí, no por usted como persona, esta es la cruda realidad.

Las pretendidas bondades de la empresa privada ya las he cuestionado en posts anteriores, poniendo como ejemplo más flagrantes la desastrosa sanidad estadounidense, que sin ser la mejor es exponencialmente la más cara. O el corporativismo de ciertos estratégicos, como la energía o las telecomunicaciones, pactando precios en detrimento del consumidor. Precisamente empresas que no hace mucho eran públicas y que ahora, en plena crisis, colaboran aumentando aún más la presión sobre nuestros bolsillos.

Claro está, que la gestión pública no se queda a la zaga. Promoviendo incentivos a empresas privadas que no benefician a nadie, más que los empresarios agraciados. Encuadrando en puestos privilegiados a los allegados del administrador de turno. Pero el pato lo terminan pagando funcionarios, autónomos, PYMES y asalariados… vaya, la tercera clase.

La economía es un circo, que pide contorsionistas con mucha flexibilidad… En Wall Street o en Frankfurt, pero también en Madrid, el contorsionismo asiático hace furor. La flexibilidad de los empleados orientales es prodigiosa, tiene a nuestros inversores totalmente hipnotizados. Son capaces de trabajar doce horas sin apenas descanso, de hecho, a veces se traen a los niños a la fábrica pues estos no pueden quedarse solos en casa y de paso van aprendiendo los pormenores del oficio de los papás. E incluso se pueden habilitar barracones aledaños para pasar la noche, pues con tanto trabajo no se puede uno permitir el lujo de irse muy lejos.

Este es el modelo a seguir, dicen todos. El problema es que hay algunos que no son nada flexibles. Como en España, que por más que uno echa a la puta calle a los viejos que apenas llegan a las puntas de los pies, resulta que no hay nadie que sea capaz de hacer lo mismo que uno de esos asiáticos, y así nos va. Al menos en Alemania se inventan piruetas nuevas, al estilo Cirque du Soleil. Esos sí que saben, los cabrones.

En estos tiempos de crisis, se ha puesto en duda la eficacia del modelo de bienestar europeo por no ser competitivo. En una economía globalizada, el ascenso de países que parten de condiciones muy competitivas, como China, India o Brasil, obliga a Europa a adoptar alguna estrategia que no la deje marginada en términos económicos.

En estos momentos la postura predominante es la neoliberal, que apuesta por una mejora de la productividad y la competitividad. Mejorar la productividad significa que cada hora de trabajo, el tiempo invertido en proporcionar un servicio o un producto, ha de redundar en un mayor beneficio. La competitividad atañe simplemente al coste para obtener dicho servicio o producto.

Para lo economistas liberales, la primera medida que viene a la cabeza es la reducción de los salarios, que redunda inmediatamente en una mejora de la competitvidad. Que en el fondo, es lo que más preocupa a las empresas en Europa. La argumentación es que se necesita un sacrificio primero para permitir disfrutar después de los réditos al desbancar a la competencia. Lo que ocurre es que Europa, acostumbrada a su alto nivel de vida, parece que está poco dispuesta a sacrificarse por tal finalidad.

Una de las fundamentales críticas neoliberales a la socialdemocracia es que el modelo de redistribución forzada de la riqueza, vía intrusión del estado en la esfera económica repercute negativamente en la consecución de los objetivos de competitividad y productividad. Se podría resumir en que lo que proponen las izquierdas es un “reparto de la pobreza”.

Siguiendo esta lógica, se propone una reducción del peso del estado en términos económicos. Es decir, adelgazarlo para que también se relaje la fiscalidad, atrayendo inversiones y estimulando la iniciativa privada. ¿Pero esto es exactamente así?

Habría que matizar muy mucho estas afirmaciones. Para empezar porque esta situación se debe a que en un mundo con diversas naciones pugnando por la riqueza, y en el que las relaciones son planetarias, se ha establecido una carrera para resituarse en ventaja frente a los demás en vistas a una futura salida de la crisis. Esta fue la apuesta de Alemania, cuando se adoptaron medidas de rigor presupuestario, de contención del gasto público y de la mejora de la competitividad reduciendo sueldos, y de la productividad, invirtiendo en I+D.

La cuestión es que evidentemente no todas las naciones, ni siquiera los lands alemanes son uniformes. Algunas naciones están del todo imposibilitadas para obtener resultados en esta dirección, simplemente por que no reunen los requisitos para ello. Las recetas neoliberales, de hecho, condenan a los más desfavorecidos a condiciones infrahumanas, ya que entre otras cosas permiten intercambios comerciales totalmente desventajosos para una de las partes. Frecuentemente con el apoyo de regímenes totalitarios que son subvencionados a tal fin.

El estallido de la crisis en 2008 puso de relieve que sin mecanismos de control la economía neoliberal trasciende cualquier lógica o ética, poniendo en peligro a la estructura en toda su extensión. Pero hay que tener en cuenta el papel de los estados en esta crisis, que en general favorecieron actividades fraudulentas y que a día de hoy siguen sin proponer un escenario de estabilidad a largo plazo.

La socialdemocracia frente al espejo

La debacle socialdemócrata en occidente hay que interpretarla desde su incapacidad de conjugar el estímulo económico al tiempo que la cohesión social. Es un dilema en el que se ha visto atrapada pues desde un punto de vista capitalista liberal la competitividad pasa necesariamente por la contracción salarial. El problema es generalizable a casi toda Europa, pero en España esta realidad tiene además un componente explosivo debido a una alarmante tasa de paro y de economía sumergida.

El PSOE está ahora mismo implantando medidas que se pueden equiparar a las de cualquier gobierno conservador del entorno. En este sentido, parece que se aceptan las tesis neoliberales sobre cómo afrontar los peligros de la crisis.

La crítica que hago yo a esta postura es que la contención salarial efectivamente mejorará la competitividad, pero que estructuralmente no significa ningún cambio substancial en lo que se refiere a la estabilidad económica a largo plazo. Algunos de los países avanzados que mejor están soportando la crisis lo han conseguido con medidas de este tipo, sí, pero también con una mejora de la productividad y de la innovación tecnológica. Campos en los que todavía pueden presentar batalla a la competencia. Pero que en todo caso la tónica es la de ir degradando las condiciones del ciudadano medio para no perder comba en esta frenética carrera que creo que no lleva a ninguna parte.

En el mercado internacional se producen numerosos intercambios en los que desde unas naciones se compran bienes y servicios a otras. Las diferencias competitivas entre unas y otras determina qué naciones tienen superavit y qué naciones tienen déficit. Por el momento, no se me ocurre cómo todas y cada una de las partes pueden tener superavit. A las naciones que tienen superavit se las puede en general englobar en un grupo que llamaremos de exportadores. Entre los que destacan China, Japón y Alemania. El caso norteamericano es diferente pues desde hace tiempo abandonó el superavit y se financia de otra manera, que en pocas palabras se podría definir imponiendo su masa económica e importancia política como condicionante en las relaciones internacionales.

La pugna de los grupos geopolíticos por la competitividad

Justamente, Estados Unidos, China y Europa son los polos geopolíticos de la nueva realidad económica. Por su volumen e importancia determinan el camino de toda la humanidad. Aunque el clima en general es relativamente bueno, no hay que olvidar que hay movimientos en cada bando para tratar de mantener o aumentar sus ventajas en el mundo. Pero de lo que no cabe duda de que ha sido el creciente papel de China el que está marcando la agenda económica. Precisamente a causa de su gran competitividad, basada en unas condiciones laborales que a día de hoy resultan intolerables para la mayoría de europeos. Ese es el modelo que se pretende combatir y en muchos casos tratando de emular, en especial en lo que atañe a la contención salarial. Dicho de otro modo, se pretende crear riqueza quitándosela a quien la tiene en una cierta medida. Lo que podríamos identificar como las clases medias occidentales.

A pesar de que he mencionado que naciones como Alemania, o Japón, apuestan por la innovación tecnológica como herramienta para mantener su atractivo, lo cierto es que poco a poco China va asumiendo cuotas de mercado que antiguamente estaban reservadas al resto de naciones avanzadas. En este sentido me pregunto, si a la larga, eso no significa que en occidente la carrera por la competitividad nos va a llevar a asumir las condiciones laborales de China. Y de si estas se podrán implementar pacíficamente o las resistencias generadas van a suponer un peligro real de desestabilización.

En todo caso me gustaría recalcar que el papel de exportadoras netas no puede ser asumido por todas las partes. Alguna ha de consumir más de lo que produce para que el sistema funcione. Esto es especialmente importante para con los polos económicos, ya que retirando el estímulo del consumo en todos ellos vía contención, la lógica me dice que eso significará una menor actividad y por tanto creciemiento tanto en el consumo como en la actividad.

Precisamente algunos economistas argumentan que la carrera por la competitividad puede llevar a una contracción global de la economía. Desde un punto de vista ecológico esto es totalmente deseable, y nadie debería asustarse si existiesen mecanismos compensatorios para prevenir que la contracción no perjudica en exceso a la población.

La falacia de la creación de riqueza

Pero lo cierto es que estos mecanismos son muy desiguales dependiendo de que nación estemos hablando. Es más, la necesidad de ser competitivos está en estos momentos reduciendolos en casi todo el planeta. Si bien es cierto que la actividad económica estimula la creación de productos y servicios para la población, la realidad es que estos solamente son disfrutados por una fracción de la misma. En este sentido no me tiembla la mano al afirmar que el sistema funciona, pero de forma injusta y nada equitativa.

Existe la concepción de que es el sector privado el que crea riqueza, idea que sustenta la argumentación para reducir la legislación económica y el papel de los estados. Pero los hechos creo que evidencian que esto es una falacia. Primera y fundamentalmente por que presupone que la actividad privada beneficia a todos. Lo que es una verdad a medias. La actividad privada en general beneficia a unos en detrimento de otros. Esto se ve claramente en cómo se interpreta el juego de la bolsa, en donde el objetivo único es el de la rentabilidad económica, siendo esta posible creando o no riqueza. El extremo de esta afirmación es la especulación, en el que una parte obtiene pingües beneficios sin aportar absolutamente nada a la creación de dicha riqueza, por ejemplo cuando existe una escasez de un bien concreto. Una circunstancia que más adelante señalaré como uno de los peligros reales para que el edificio capitalista se desmorone por completo.

Un ejemplo palmario es el de los planes de salud o de jubilación privados, que a día de hoy demuestran ser totalmente ineficientes, ya que el objetivo de las empresas que los gestionan no es el de dar un mejor servicio, si no de proporcionar réditos económicos a los gestores de dichos fondos. Es un contrasentido que nos explicó a la perfección Michael Moore en su documental Sicko (2007).  Precisamente y atendiendo a datos tan básicos como el de la esperanza de vida, veremos que es prácticamente idéntica en naciones tan dispares como E.E.U.U. y Cuba, mientras que el gasto sanitario por habitante del primero es exponencialmente mayor en el segundo.

¿Significa esto que en los E.E.U.U. se vive mejor? Contrastando otros datos vemos que aunque E.E.U.U. gasta el doble en sanidad que la mayoría de naciones de la OCDE resulta que en realidad hay razones objetivas para pensar que no, que todo lo contrario. Por lo tanto, las conclusiones a las que llego son que el sector privado genera beneficios, pero no necesariamente riqueza, y que desde luego, vivir en un entorno contaminado y estresante mata más aunque nos atiborremos a pastillas.

La falacia de la competitividad

Hace unos días leí en algún lugar la reflexión de un bloguero acerca del absurdo que resulta que en occidente el modelo capitalista que propugna la libre competencia como medio para opimizar bienes y servicios. Puso un ejemplo de cómo a lo que asistimos es a una concentración empresarial que nos lleva a retratos grotescos, como el que muchos compremos los mismos muebles en Ikea, bebamos Coca-Cola o compremos la ropa en Zara.

Por supuesto que en estas elecciones hay que valorar aspectos psicológicos como el estatus social así como la objetividad de los precios y calidad de productos. Pero esa no puede ser la unica explicación para que en el panorama actual la importancia de las multinacionales está empezando a ser cuando menos inquietante ya que apenas 200 empresas aglutinan el 26% del PIB del planeta… 200 empresas.

Como se puede intuir ha habido un crecimiento espectacular en el número de transnacionales que operan en el este asiático. Pero este crecimiento no solamente se debe a la propia iniciativa de China o Corea, si no que se observa una importantísima presencia de inversores extranjeros, principalmente de Europa y Estados Unidos. Dicho de otro modo, el dinero de las ganacias no se reinvierte en los países occidentales, si no que lógicamente buscan la rentabilidad que proporciona el mercado asiático. Es cierto que esto a permitido a China crecer y que ha mejorado la calidad de vida de sus ciudadanos. La pregunta que me hago es si este crecimiento espectacular se corresponde con la mejora real de la vida de un trabajador.

En la mente de todo empresario hay dos máximas o leyes a las que se subyugan el resto de consideraciones. Aumentar beneficios y reducir costes. La explosión de la economía asiática obedece en todo a estas afirmaciones. Y no puede pasar desapercibido para nadie que actualmente se están produciendo cambios en el seno de las grandes corporaciones en la búsqueda de mejores condiciones para su producción o su fiscalidad. Aspectos ambos que pasaré a examinar en el siguiente post.

 

Sin violencia, sin grandes aspavientos. De hecho apenas sin ruido, Islandia nos enseña el camino.

En octubre de 2008, los bancos islandeses Kaupthing, Glitnir y Landsbanki, quebraron a causa del estallido de la burbuja especulativa en los EEUU. La deuda total de los bancos islandeses sumaba el 700% del PIB, lo que a efectos prácticos significó una contracción del 7% en la economía, la pérdida de más del 50% del valor al cambio de la corona, una importante inflación y un aumento notable de parados. Esta quiebra afectó a numerosos inversores fuera de Islandia, por ejemplo clientes de Deutsche Bank y HSBC, por lo que se urgió a Islandia a empezar a hacer recortes al estilo griego para devolver los créditos.

Ante esta situación, ciudadanos armados con cacerolas, megáfonos y huevos salieron a la calle para impedir que se cargara sobre ellos el coste del mal negocio de los bancos. El gobierno cayó ante la protesta popular y una coaliación de la izquierda se hizo con el gobierno.

Aunque el estado se hizo con el control de los bancos, a diferencia de Irlanda, Grecia o España, en Islandia no se quiso socializar las pérdidas. Es decir que no se han tocado los pilares del tan manido “estado del bienestar”. Eso sí, en estos momentos los intereses al crédito están sobre el 15% y la inflación por las nubes. Un estupendo artículo nos explica como se vivió aquel derrumbe.

Hay que señalar que los islandeses decidieron en marzo de 2010 pagar la deuda sólo si esto era posible. Dicho de otra manera, mientras haya recesión no habrá pagos, entendiendo que esas deudas son privadas y no atañen al país. Por esta razón se amenazó desde los círculos financieros con aislar al país e impedir su acceso al crédito entre otras cosas. Reino Unido y Holanda, principales afectados por la quiebra, amenazaron con impedir la entrada de Islandia en Europa. Aunque yo me pregunto si en estos momentos los islandeses serán muy favorables a esto. Los EEUU, por su parte, también aplicaron presión a la diminuta república. Pero el resultado es que a día de hoy los mercados no han podido imponer su táctica de privatizar beneficios y socializar pérdidas.

Otro resultado de ese levantamiento pacífico es un proceso constituyente en el que los islandeses han designado por elección directa a una comisión de treinta personas. Esta comisión es la encargada de redactar una nueva constitución. El espíritu que previsiblemente impregnará esta nueva carta magna será el de la transparencia, la libertad de expresión y un marco legal que impida que los excesos de la avaricia de unos pocos arrastren a todo un país.

Dicho así parece un cuento de hadas, ¿verdad?. Pero no, esto esta sucediendo ahora. Islandia nos enseña el camino, pero el silencio se ha hecho alrededor de este pequeño país. Porque hay en juego mucho dinero, y se ha querido ignorar conscientemente esta historia que nos enseña que más allá de los negocios hay personas. El camino que ha tomado Islandia es el de la democracia, la libertad y la justicia, en el continente deberíamos tomar nota. Siempre se está a tiempo de cambiar de camino. ¿Lo veremos?

Trillo grito aquello de: !Viva Honduras!

Y yo digo: ¡Viva Islandia!

Por cosas del azar me tropecé con un banner que me llevó directo a un paraíso… fiscal.

No cabe duda de que es una apetitosa invitación a que nuestros ilustres potentados evadan. En lugares como este nos ofrecen nada más ni nada menos que un menú personalizado de cómo va a ser nuestra sociedad evas… paradisíaca. Vaya, poco papeleo, cero impuestos… ¡Así no hay quién se resista!

Pero después de todo no es culpa de los isleños, que han encontrado en este negocio un complemento a la pesca con cayuco. La culpa es nuestra por permitir que el dinero circule alegremente. Por permitir que mientras nuestras nóminas son transparentes, las suyas no. El tontaina de Ben Alí tendría que haber metido sus ahorrillos aquí.

Esta semana, los que somos partidarios de las libertades, los que no aceptamos de buen grado la autoridad ni los privilegios, estamos de enhorabuena.

Los tunecinos han decidido que ya está bien, y han echado a la dinastía del dictador Ben Alí y de su reina Leila Trabelsi. Que huyeron el 14 de enero.

El 7 de enero, Ayub Alhammi, un joven tunecino, se quemó a lo bonzo para protestar por haber perdido su puesto de venta de verduras. Único ingreso de este estudiante universitario. Fue como una mecha que hizo explotar el polvorín del descontento popular. Especialmente ante el aumento de precio de artículos de primera necesidad como el pan.

Esto no es nuevo, siempre han existido levantamientos cuando la población percibe que se ha traspasado cierto umbral de humillación, de desesperación. A esta revuelta se la ha llamado del hambre.

Lo que sí es nuevo es que se ha producido en un estado musulmán. Una revuelta desprovista totalmente de rasgos religiosos que sin embargo cuenta con numerosos simpatizantes y emuladores en todo el occidente islámico. También es nuevo el papel de la red, que ha servido como punto de reunión, discusión y organización para los insurgentes. Hecho que encumbra más aún a la red de redes como un espacio de libertad, ante el que las autoridades y demás poderes son impotentes. Hecho del que personas como yo nos alegramos profundamente.

¿Pero es casualidad que ahora y aquí se haya producido este levantamiento?

Sí y no. En sí es un hecho imprevisto. Como imprevisto era, hace apenas un año, que el coste de algunos artículos básicos escalaría hasta los niveles actuales. En este sentido parece que la aleatoriedad ha favorecido la concurrencia de circunstancias que el dictador Ben Alí no pudo prever. Pero no es un hecho imprevisto en el sentido que las circunstancias actuales hacían, de una manera u otra, prever que en algún lugar del mundo podía explotar la presión de los mercados.

La presión de los mercados. Esa es la razón de fondo que explica la desesperante situación de los tunecinos. Más allá de la insoportable carga de Ben Alí y los suyos. Más allá de una dictadura encubierta y justificada en occidente. Recordemos que en agosto de 2010 un enorme incendio en Rusia devastó parte de la cosecha cerealística. Hecho ante el cual el Kremlin decidió prohibir las exportaciones, al menos temporalmente. Esto de hecho ya anunciaba una escalada en los precios del cereal, ya que Rusia es uno de sus principales productores. Lo que no estaba anunciado era que en los mercados de inversión se leyó este desastre como una oportunidad de oro para invertir en commodities como cereales, trigo o petróleo.

Y esta es la razón en última instancia que ha propiciado la caída de Ben Alí. El oportunismo de unos mercados que recordemos mantienen en estos momentos sojuzgado a prácticamente todo el planeta. Incluyendo a España. Sí alguna conclusión hemos de extraer de este episodio es que los mercados no funcionan como una máquina engrasada para redistribuir la riqueza y aumentar el bienestar de los ciudadanos. Los mercados son una máquina engrasada para producir beneficios desestabilizando o destruyendo todo lo que se le pone por delante. Es la prueba fehaciente de que este invento liberal de los mercados desregulados es una bomba de relojería para la estabilidad del planeta.

Dado que las medidas políticas tomadas tras el colapso financiero de 2008 han dejado incólume el poder y la movilidad de los capitales especulativos. Es de esperar que volveremos a asistir a nuevos episodios en los que la tensión provocada por los mercados estalle en algún punto del planeta. No se trata ya de una pugna por liberarnos de personajes funestos como Ben Alí. Si no de romper la perversa lógica que hace que los ciudadanos estemos encadenados a las decisiones de unos privilegiados, que deciden sobre la vida y la muerte de los demás.

El triste e hipócrita papel de nuestras democracias debería ser un aviso para todos de que no hay nada en estos momentos que detenga el papel depredador de los mercados.

Túnez ha sido como la Bastilla. Las circunstancias mantienen asombrosos paralelismos. Cuando estalló el 14 de julio de 1789 la revuelta en París, las razones no eran estrictamente políticas (liberté, egalité, fraternité), si no que la precariedad de los pobres se había vuelto insoportable tras una serie de malas cosechas. Así mismo, como hoy, había una clase de privilegiados que miraban hacia otra parte ante el sufrimiento de los desfavorecidos. Una clase que no dudaba en dejar morir de hambre a los ciudadanos si eso les permitía seguir con su opulento nivel de vida.

Del mismo modo, había una justificación ideológica al atropello. Dicha justificación se articulaba de la siguiente manera: Si los nobles disponen de riqueza, estos generan demanda con su dispendio. Con su consumo y sus inversiones dinamizan la economía, dando empleo a la burguesía y al pueblo llano. ¿No encuentran asombrosas las equivalencias?

Siguiendo este razonamiento entenderán que hoy, la Bastilla puede ser cualquier lugar del mundo. Los bruscos cambios en los flujos de inversión se han convertido en un volátil explosivo que en manos de los mercados puede hacer zozobrar tanto dictaduras como democracias. Todo ello en nombre de la rentabilidad que en 2008 estuvo a punto de hacer caer en el abismo a occidente.

Dos años después seguimos en un escenario inestable. España está al borde de ser rescatada por los mismos que han provocado su postración. Y la pregunta que me hago es cuando va a empezar el siguiente capítulo de esta tormenta. Porque dado que no se ha hecho nada para apaciguar las aguas, estoy seguro de que vamos a asistir a más hechos como los de Túnez.

Este es el título del que debería ser el libro de cabecera para comprender lo que ha acontecido estos últimos años en el que la burbuja financiera ha postrado a las democracias occidentales.

Por supuesto, es inevitable que tenga tintes políticos. No olvidemos que las repercusiones de la actividad financiera no se circunscriben a dígitos en una pantalla de plasma. Tiene efectos muy reales en las personas de carne y hueso. Tan reales como un terremoto o un tsunami.

Aquí les dejo esta obra de Juan Torres López, catedrático de economía.¿Por qué se cayó todo y no se ha hundido nada?

Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Intervención del ex-coordinador de IU, Julio Anguita, en el espacio 59 Segundos.